Cuando viajamos, somos embajadores de nuestro país de procedencia. Nos caracteriza el idioma, la jerga, la tez, las tendencias gastronómicas, el aroma que emana de la cocina, el carraspeo de la garganta luego de un buche de ron, la música que suena en nuestras fiestas. De una forma más tácita, también se filtran los valores, las actitudes de nuestros conocidos, y las creencias que llevamos forjando toda una vida. Estas pueden arrojar mayor luz a la esencia individual, a nuestras acciones y al carácter de las conversaciones que entablamos con otros. No obstante, pueden tener el efecto de limitarnos, de cohibirnos ante el diverso e inexplorado panorama que nos queda en frente.

Es difícil, por no decir imposible, dejar atrás todas nuestras convicciones y retomar una nueva personalidad cada vez que nos aventuramos al extranjero. Ahora bien, uno de los objetivos de viajar es aprender más sobre uno mismo. Todo viajero aspira a lo mismo, y entre todos existe la noción de que este aprendizaje es tanto mental como físico. La emoción de encontrarse en otro país, rodeada de personas desconocidas, a sabiendas del enmarque temporal del asunto, insta a querer explorar el entorno, y, consecuentemente, el sexo se convierte en una intriga mucho más interesante.

No es necesario tener relaciones sexuales para tener una experiencia de intercambio – o en el exterior por cualquier período de tiempo- satisfactoria, pero atreverse a experimentar sensaciones nunca antes vividas y colocarse en situaciones incómodas e impredecibles, sí. (A esto le aplica un amplio espectro de aventuras, pero profundicemos en el sexo como punto de partida.)

El sexo engloba la mayoría de estas características. Vivimos la adrenalina del momento, experimentamos los lugares aleatorios que, como por voluntad propia, escoge la pasión del instante, y sobre todo, añadimos la experiencia -placentera o desilusionante- al álbum de recuerdos.

Es una parte vital de nuestra existencia -dentro y fuera de nuestro país de origen- y al envalentonarnos a vivirlo fuera de nuestra zona de confort, se sucumbe a sensaciones nuevas, quizás intimidantes, pero se acentúan y profundizan los intereses sexuales, y se construye una experiencia de viaje completamente tuya.

Ahora bien, al igual que ocurre en casa, en el exterior el sexo se debe practicar de forma segura. Para vivencias placenteras y seguras, se debe llegar a un país con amplia preparación sobre los posibles escenarios que pudieran surgir en relación a tus encuentros sexuales. Por tal motivo, si escoges estar sexualmente activa al viajar -independientemente de la duración de tus travesías- siempre lleva contigo condones, y si tomas la pastilla anticonceptiva, cerciórate de que llevas suficiente para todo el término ya que estas no son tan asequibles en algunos países y las dosis hormonales cambian por región. Además, recomendamos que cargues otros métodos anticonceptivos como la pastilla del día después (Plan B) y que contemples la posibilidad de vacunarte antes de partir.

Un día cualquiera puedes vivir una experiencia que nunca te pensaste capaz de vivir. Escucha tus impulsos, y no suprimas los deseos que últimamente definen el tipo de experiencia que recordarás en el futuro.

Cosas bellas ocurren cuando se pierde el miedo a lo poco familiar.

Por: María de Lourdes Vaello

Ilustración: Debi Hasky